domingo, junio 12, 2016

Ficción infecciosa.

Tras el mohín de leviatán hay un halo pretencioso, un fetiche coloquial con ambiciones de avatar.
Su sombra lo va moldeando: recicla los trucos eficaces de rancios cuentos pasados  (con sus miserias congénitas y sus terrores innatos), y consigue que su monstruo se transforme en un señuelo digerible y funcional.
Construye una mística estética con aspiraciones aristocráticas y finanzas forasteras, convence a los descreídos de que la fe es una quimera, reprende a los deprimidos por no llenar con sonrisas los vacíos en sus mesas, invita a los marginados a la tribuna de su riqueza. Y Así domestica ahora a esas pretéritas fieras que ayer perseguían cebras entre furiosos rugidos y hoy son gatos ronroneando con un interés mendigo.
Su taller es un teatro con actores poseídos por papeles corrompidos, y la tinta de los guiones es la sangre que sus manos han lavado con olvido. Representan la tragedia de un Ouróboros maldito, que se aferra a sus infamias y repite, cual condena, las instrucciones del ciclo. Mientras el sapo, sin miramientos, va dibujando su círculo...

1 comentario:

Damian Barcelo dijo...

Mágico... puro... por mas que se huela a oscuridad... por que así somos... mares y soles... nubes y chaparrones... pero hay algo que no nos cambia en el tiempo, hay algo que nos mantiene intactos mas allá de todo traspaso...de toda grieta, es la educación, digamos... es la felicidad de la infancia... la experiencia de la adolescencia que duele... son muchas raíces...muchas tierras que renuevan... habría que rezar por todos nosotros cada día... y agradecer por ese poder... despertar y crear un nuevo cielo para respirar.